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Cada vez van quedando menos sobrevivientes de los campos de concentración montados por la ultraderecha alemana. Esto dá una motivación para escuchar con detenimiento las historias de terror que nos tienen que contar, relatos que han sido avalados y corroborados por numerosos historiadores e investigadores mucho mejor documentados e informados que los mendaces propagandistas pro-Hitlerianos el mexicano Salvador Borrego Escalante y el inglés David Irving. Relatos como el siguiente:

Hermanas viven para contar historial del Holocausto
Emily Langer y Ellen Belcher
THE WASHINGTON POST
7 de abril del 2013
Andra y Tatiana Bucci no lloraron en Auschwitz. O si lo hicieron, lo han olvidado. No recuerdan haber sufrido de hambre, pese a que seguramente así fue, o extrañado a su madre, quien llegó junto a ellas al campo de concentración y un día desapareció. Lo que sí recuerdan es su apariencia la última vez que la vieron en Auschwitz. Calva y demacrada. Las dos se asustaron. Andra y Tatiana apenas tenían 4 y 6 años de edad.
Casi siete décadas después de su liberación, las hermanas recuerdan perfectamente el vagón para ganado que se las llevó de su casa en Italia. Pasaron 10 meses en Birkenau, el campo más espantoso en el complejo de Auschwitz, y en su mayor parte han olvidado la primavera, el verano y el otoño. Pero sí recuerdan el invierno porque hacían bolas de nieve, y porque estuvieron a punto de morir congeladas.
Aún pueden recordar las piedras que se convirtieron en sus juguetes y las literas de madera en las que dormían junto a docenas de otros niños, la mayoría de los cuales morirían. Recuerdan las pilas de cuerpos y el barro fétido que, supusieron después, contenía cenizas humanas. “Vimos todo esto”, recordó Tatiana. “Todos los días. Y jugábamos entre todo eso”.
Andra y Tatiana regresaron a Auschwitz anteriormente en el año, como suelen hacerlo a menudo, junto al Tren del Recuerdo, iniciativa bianual creada por el gobierno regional toscano para enseñar a los jóvenes sobre el Holocausto y el papel de Italia en la Segunda Guerra Mundial. Este verano, 560 estudiantes y 85 maestros hicieron el viaje de Florencia a Polonia y de regreso.
Voces del pasado
Más de 230 mil niños fueron deportados a Auschwitz durante el Holocausto, de acuerdo con el museo del campamento. La mayoría fueron asesinados de inmediato. Cuando el Ejército Rojo liberó Auschwitz el 27 de enero de 1945, cerca de 650 niños y adolescentes estaban con vida. Alrededor de 50 de ellos tenían 10 años o menos, de acuerdo con Marcello Pezzetti, investigador italiano y director del futuro museo del Holocausto en Roma.
Hoy en día, se cree que Andra, de 73 años y Tatiana de 75, son dos de los sobrevivientes del Holocausto más jóvenes del mundo que aún tienen recuerdos sobre Auschwitz. Pezzetti, uno de los primeros investigadores en entrevistarlas años atrás, comentó que cuando las dos hablan “lo hacen a una misma voz... una recordaba una cosa, la otra recordaba otra, y entre las dos arman su historia”.
En Italia, las hermanas Bucci son una especie de celebridad. Hace una década, la periodista napolitana Titti Marrone escribió un libro con la experiencia de las dos, “Meglio non sapere” (“Mejor no saber”). Como todas las historias sobre el Holocausto, el libro trata sobre una pérdida inenarrable. Pero tiene el más improbable de los finales felices –resultado de una serie de decisiones y eventos fortuitos, además de la sorprendente previsión de su madre.
Andra y Tatiana han hablado con escuelas y públicos de todo el país, incluyendo multitudes de miles. Habiendo asumido por completo la carga de ser guardadoras de recuerdos, han regresado a Auschwitz unas 20 veces junto a historiadores y varios grupos de estudiantes, dando testimonio con paciencia y de manera inolvidable sobre el sufrimiento humano, la maldad y la bondad.
Ugo Caffaz, político toscano y principal impulsor del Tren del Recuerdo desde su concepción hace más de una década, comentó que los estudiantes viajan en tren por una razón. La rotundidad del silbatazo del conductor, su impotencia para cambiar de curso, las millas y millas que pasan por las ventanas del vagón... todo ayuda a imaginar cómo sería ser deportado.
Andra y Tatiana Bucci tenían 4 y 6 años de edad cuando fueron llevadas a Auschwitz, el más infame campo de concentración nazi. Casi siete décadas después, ellas regresan al lugar una y otra vez para enseñar a los estudiantes italianos sobre la innombrable pérdida, y el poder de la memoria.
El viaje redondo de cinco días es como ingresar a “un mundo alienígena”, comentó Giovanni Gozzini, profesor de historia de la Universidad de Siena y consejero académico que participó en el viaje. “Ellos no conocen el temor ni el dolor”, comentó sobre una generación de estudiantes que nunca han experimentado la guerra. “No lo viven”. No lo viven, es decir, hasta que conocen a Andra y a Tatiana.
“He... visto a docenas de sobrevivientes en mi vida”, agregó Gozzini, pero ninguno como Andra y Tatiana. “Ellas son las mejores para transmitir un sentimiento de... dolor... y, al mismo tiempo, la sensación de la vida que vuelve a comenzar”.
La vida como jóvenes
A bordo del tren, Andra y Tatiana pudieron haber observado que los coches dormitorio no se asemejan a los vagones para ganado. O que los estudiantes sabían hacia dónde iban o que estaban vestidos para el frío glacial de Polonia. Pero las hermanas prefieren no sermonear.
Con una voz suave al punto de casi no escucharse en ocasiones, se trata de dos testigos y no de dos oradoras profesionales. Cuando visitan escuelas primarias, algunas veces los niños quieren saber quién las cobijaba a la hora de dormir en Auschwitz. Los estudiantes más grandes que participan en el Tren del Recuerdo suelen hacer preguntas de orden más cósmico, como si Andra y Tatiana creen en Dios. Es una cuestión que las hermanas no han resuelto por completo.
Las dos llevan sobre los hombros la carga del pasado, pero éste no las ha destruido. En ocasiones, como ellas son las primeras en decir, al verlas con su cabello lleno de canas y sus marcadas arrugas resulta difícil imaginarlas como alguna vez fueron: unas pequeñas niñas sin ningún conocimiento del mal salvo la varicela.
La varicela fue el motivo por el que Andra durmió una noche de finales de marzo de 1944 en la cama de sus padres. Había caído enferma y su madre decidió consentirla. Tatiana, prácticamente inseparable de su hermana menor, durmió en la misma habitación.
Las pequeñas vivieron en Fiume, ciudad ubicada en el norte de Italia y actualmente parte de Croacia. Su padre, Giovanni Bucci, marinero que tenía mucho tiempo en el mar, era católico. Su madre, Mira Perlow, era judía y había huido de la persecución en Rusia junto a sus padres.
La familia no poseía mucho, pero Mira le dio a sus hijas una infancia apropiada y feliz. Por las mañanas el baño era obligatorio. Ninguna hija de ella andaría con el cabello despeinado. Y antes de dormir, las pequeñas deseaban buenas noches a su aventurero padre besando su imagen en la fotografía de bodas de la familia.
En los primeros años de la guerra, los judíos de Italia estuvieron relativamente a salvo. Pese a su pacto con Alemania y a sus propias “leyes raciales” antisemitas, por lo general el gobierno fascista de Benito Mussolini no cooperó con los planes nazis para la deportación o el asesinato de judíos. Pero esa modesta seguridad terminó en el otoño de 1943, cuando Italia cambió de bando en la guerra tras la caída del gobierno de Mussolini.
Con los Aliados ascendiendo por la columna de Italia desde el norte, esa región y las partes centrales del país cayeron bajo la ocupación alemana. Pronto surgieron las redadas y deportaciones a gran escala de los judíos italianos, y a principios de 1944, un informante entregó a la familia de Mira. Las pequeñas despertaron aquella noche de marzo para encontrar a su abuela, Nonna Rosa, suplicándole a un hombre con un largo abrigo negro que se la llevara a ella y dejara a las niñas. “Tengo una imagen clara como el agua”, recordó Tatiana durante un discurso ante cientos de participantes durante el viaje, “de nuestra abuela de rodillas... forzada a humillarse ante un soldado”.
Mientras ella y Andra continuaban el relato, el auditorio estuvo en silencio. Los nazis arrestaron a todos los habitantes de la casa –incluyendo a Nonna Rosa, Mira, Andra y Tatiana, su primo Sergio de 6 años y su madre, la hermana de Mira, Gisella.
La familia fue llevada a Trieste y encarcelada en Risiera di San Sabba, el único campo de concentración nazi en Italia que poseía crematorio, y una especie de estación para deportados judíos. De ahí, fueron obligados a abordar un vagón para ganado.
Luego de un viaje de días, el tren se detuvo, y entonces abrieron las puertas. El primer recuerdo que Andra tiene de Auschwitz fue el salto para bajar. Para una niña pequeña, el suelo parecía muy lejano.
Todo por sobrevivir
“Es mejor con la nieve”, comentó Tatiana mientras avanzaba con dificultad entre el hielo poco después de llegar a Polonia. “Ciertas cosas incluso se ven hermosas”.
En el Judenrampe, la “plataforma judía” donde los deportados eran dejados antes de que los nazis construyeran las ahora famosas vías ferroviarias directamente hacia el campamento, Andra vio el suelo congelado mientras recordaba la escena de 1944: los soldados gritando en un lenguaje que no comprendía y tratando a las masas como si fueran animales. Mira y sus hijas, Gisella y Sergio fueron mandados en una dirección, y Nonna Rosa en otra. Al igual que muchos otros deportados de la tercera edad, murió muy pronto.
Al sobrevivir a esa primera selección, Andra y Tatiana ya habían superado las expectativas de vida en Auschwitz. “El hecho de que estas niñas hayan sobrevivido es de una suerte extraordinaria”, comentó Patricia Heberer, historiadora del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos y autora del libro “Children During the Holocaust” (“Los niños durante el Holocausto”).
Andra y Tatiana creen que les perdonaron la vida porque fueron confundidas con gemelas, quienes eran muy apreciadas por el famoso médico nazi Josef Mengele para realizar experimentos. Entre los abundantes documentos guardados por los alemanes en Auschwitz, hay una lista de gemelos, según les han dicho a Tatiana y Andra, en la que aparecen sus nombres. No saben por qué su primo Sergio terminó con ellas y no en la cámara de gas.
Mira abrazó a sus hijas con fuerza mientras iniciaban su largo recorrido desde la plataforma –camino seguido por los estudiantes– hasta el edificio de ladrillo conocido como el sauna. Después de todos estos años, Andra y Tatiana todavía pueden señalar el lugar en el que todos se desvistieron y donde le raparon el cabello a su madre. Luego fueron los tatuajes. Mira fue la primera, como para ver lo que le esperaba a sus hijas, y se convirtió en la No. 76482. Y luego Andra, No. 76483, seguida por Tatiana, No. 76484. Ninguna recuerda que el proceso haya dolido.
“Ahora es parte de mí, como si hubiera nacido con él”, dijo Tatiana sobre su número. El tatuaje es prueba, comentó, de que “yo gané, y ellos no”.
Hacia el ‘país de los juguetes’
Mucho de lo que los estudiantes experimentaron en Auschwitz es inolvidable: la insondable inmensidad del campo; el cortante viento que se sobrepone ante toda sensación excepto el frío; las astillosas literas; las montañas de valijas que una vez guardaron las más valiosas pertenencias de sus dueños; y, por supuesto, las cámaras de gas y los crematorios.
Mientras los estudiantes caminaban a un lado de las barracas en Birkenau y los museos en Auschwitz, muchos tenían lágrimas en sus ojos o que rodaban por sus mejillas enrojecidas por el frío. No tuvieron la oportunidad de ver las barracas de los niños donde las hermanas vivieron. Esas se perdieron con el pasar del tiempo. Hay veces en que Andra y Tatiana dicen que aún las extrañan.
El siguiente hogar de verdad que ellas conocieron, tras haber sido liberadas en 1945, fue en Inglaterra. Fueron encontradas en un centro de bienvenida para niños desplazados y presuntamente huérfanos, llamado Lingfield. Era, según Tatiana, “el país de los juguetes... para nosotras, parecía un cuento de hadas”.
En Inglaterra las niñas comenzaron el largo proceso de volver a ajustarse a la vida normal, una vida donde los adultos no eran asesinos y la comida no tenía que ser vigilada. Mientras tanto, Mira, sin saber nada de sus hijas, no había muerto en Auschwitz. Ella había sido transferida a otro campo de concentración, sobrevivió, regresó a Italia y se reunió con el padre de las niñas, quien había sido un prisionero de guerra en África. Gisella también sobrevivió.
Juntas, las dos madres se dispusieron a buscar a Tatiana, Andra y Sergio. Con ayuda de la Cruz Roja y otras organizaciones, Mira encontró a sus hijas –quienes no habían olvidado sus nombres– en Inglaterra. Tampoco habían olvidado a sus padres. Las niñas los recordaban de la fotografía que besaban cada noche antes de la guerra.
Y así fue que en diciembre de 1946, Andra y Tatiana regresaron a casa. Las niñas fueron las únicas en Lingfield que se reunieron con sus familiares. La familia Bucci se estableció en Trieste, donde Andra y Tatiana disfrutaron de lo que ellas describen como una vida totalmente normal y feliz. Mira nunca les preguntó sobre lo sucedido en Auschwitz, ni tampoco les dijo qué le había pasado a ella. “Cada persona respetó el silencio de cada quien”, dijo Andra.
Tatiana, quien ahora vive en Bélgica con su esposo, tiene dos hijos. Andra, quien quedó viuda tiene dos hijas que viven en California. Mira murió en 1987 a la edad de 79 años, y Gisella murió años después. Ella nunca aceptó el destino de Sergio y hasta el final de su vida, creyó que su hijo regresaría un día a casa. Para Gisella, como dice el título del libro acerca de la familia, era mejor no saberlo.
‘No quiero irme’
“No es tan fácil”, dijo Andra acerca de sus recuerdos. “Es más difícil porque entre más pasa el tiempo, más claros están mis recuerdos”, Aunque aseguró que es mejor recordar que no hacerlo. “Además, nuestros esfuerzos valieron la pena”, comentó Tatiana.
“Los estudiantes me dijeron que van a regresar a Italia de manera diferente a como lo hicieron cuando salimos de Florencia hace un par de días”, comentó Camilla Brunelli, directora del Museo de Deportaciones que está en las afueras de Florencia y quien es organizadora del viaje. “Somos muy afortunados porque tenemos a dos increíbles sobrevivientes con nosotros”.
En su viaje de regreso a Polonia, los estudiantes esperaron en una fila del largo de un carro del tren para hablar con Andra y Tatiana. Antes de que llegara su turno, se treparon a los asientos para ver mejor a las hermanas. Muchos les pidieron que firmaran sus libros y posters. Cuando una joven se levantó para regresar a su asiento, miró a Andra y Tatiana y les dijo “no quiero irme”.
“Fue una experiencia muy importante para mí”, comentó otra, Filomena Montalvo, durante un momento de reflexión en el pequeño compartimiento en donde estuvo con sus compañeras de clase. “Esto cambiará mi vida”.
Varias horas después, al norte de Florencia, el tren se detuvo en Padua, la población natal de Andra para que bajaran las hermanas. Permaneció unos cuantos minutos en la estación, dándole a las mujeres tiempo para despedirse. Fueron caminando junto con el tren, tocando las palmas de las manos de los estudiantes que se asomaban por las ventanillas.
Las hermanas se dirigieron caminando al apartamento de Andra, en donde pasaron unos días juntas, fueron a hacer compras y tomaron café antes de acudir al siguiente salón de clases o ayuntamiento en donde contarían nuevamente su historia.
En la casa de Andra hay fotografías de Lingfield por todos lados. En su vestidor está la foto de bodas de sus padres. Cerca de la puerta principal se encuentra una foto de Andra y Tatiana en donde Sergio está en medio de las dos, una reliquia de los últimos meses antes de su arresto. Otra fotografía muestra a las jóvenes poco después de su regreso, sin él. Las jóvenes están sonrientes, una tan bella como la otra. Parecen casi gemelas. Andra, quien el año pasado compitió en la mitad de un maratón y en este año correrá en otro, y Tatiana, quien camina cerca de su casa de campo en los Alpes, no muestra señales de cansancio. Ellas han encontrado la belleza en el mundo –sus nietos, las montañas, el placer de ir a tomar café y a la ópera–.
En la sala de Andra, hay una mesa cubierta con macetas de orquídeas blancas, otra parte de la belleza. Una vez, al visitarla observé a Andra regando sus plantas, ella se dio cuenta que una de ellas había muerto. “Hay un principio y un fin para todo”, acotó.



Obsérvese que el padre de ambas niñas no era judío, era católico. Pero esto no importaba, porque la madre era judía. Y ante los ojos de los “nacionalistas” de la ultraderecha, incluidos los Yunquistas y los Tecosde Guadalajara en México, cualquiera que tenga sangre judía, así venga de un tatarabuelo cinco generaciones atrás, es tan judío como un judío “cien por ciento puro” (si es que es posible definir científicamente tal cosa).

Seguramente los oficiales Nazis que lucharon “heroicamente” en contra de niñas de 4 y 6 años de edad como Andrea y Tatiana Bucci eran todos ellos unos verdaderos hombres osados llenos de arrojo, con su corazón guerrero lleno de valor, ¡sí señor!, enfrentándose con estoicismo ante la terrible amenaza que dos niñas pequeñas como ellas pudieran presentarle a esos grandulones que aceptaban arriesgar sus vidas para enfrentar a tales adversarios en aras de la Madre Patria. Las glorias de estos “vikingos nacionalistas” serían ensalzadas y repetidas en libros tales como Derrota Mundial y La Guerra de Hitler. Ojalá y el mismo Hitler, mostrando la misma valentía que la que mostraban sus oficiales combatiendo con amplia superioridad numérica y armamento en abundancia en contra de niñas de 4 y 6 años de edad, se hubiera enfrentado pistola en mano o fusil en mano en igualdad de condicionesya sea en contra de los soldados rusos o las tropas norteamericanas que se estaban acercando a Berlín para mostrarle al mundo entero que Hitler era un verdadero héroe dispuesto a morir como un verdadero héroe, pero ya bajo esas circunstancias la cosa cambia y lo verdaderamente “heroico” era salir por la puerta falsa volándose la tapa de los sesos además de ingerir una cápsula de cianuro para así no tener que enfrentar a otros en igualdad de condiciones, que al fin ya tendría quienes lo justificaran tales como el alucinado pseudo-historiador revisionista Salvador Borrego Escalante. ¡Vaya “héroes”!

Este es el tipo de narraciones que individuos como los que pertenecen a la siniestras y conspiratorias sociedades secretas de la ultraderecha mexicana desmienten. Y los pocos que bajo el peso de las evidencias aceptan darle alguna credibilidad a los relatos, lo único que se les ocurre agregar es: “Se lo tenían bien merecido, por ser judíos”. Sin duda alguna, nada les daría mayor placer a los fundamentalistas de la derecha ultraconservadora de México, sobre todo los de Guadalajara y los de Guanajuato (además de los de Puebla, Querétaro, Colima, e inclusive Baja California) que poder colaborar en la construcción de una nueva serie de campos de exterminio industrializado, con ellos al frente de dichos campos como kommandant vestidos de negro, para así poder tener el privilegio de poder luchar “heroicamente” en contra de niñas de 4 y 6 años de edad . Empezarían con los judíos, continuarían con los homosexuales,  y al no haber ya ni judíos ni homosexuales se irían en busca de todos los que aún crean en las doctrinas económicas de izquierda como las concebidas por Mao Tse-Tung, Lenin, Engels, y otros, tras lo cual una vez acabada “la amenaza comunista” se irían en contra de todas las poblaciones nativas indígenas del mundo entero “para purificar la sangre” eliminando a los inferiores o sometiéndolos a trabajos forzados como mano de obra esclava, implantando el régimen de terror que Hitler quiso llevarle al mundo entero. Los que se tienen en México son los mismos que aquellos que se enfrentaron “heroicamente” en contra de niñas de 4 y 6 años de edad , son la misma cosa, en esto no debe haber duda alguna. Y por esto mismo hay que sacarlos de su madriguera y exponerlos con mil voces a los cuatro vientos para que el mundo entero sepa quiénes son y lo que se traen entre manos.


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POST SCRIPTUM:


Pocas semanas después de la visita a Auschwitz de dos niñas judías sobrevivientes del Holocausto Nazi, Andra y Tatiana Bucci, ese mismo Holocausto que todavía hoy hasta nuestros días tanto alaban en lugares y organizaciones diseminadoras del neofascismo encubierto como la Universidad Autónoma de Guadalajara y la Organización Nacional del Yunque en México, apareció publicado en Español un libro titulado El diario de Helga que aporta un testimonio histórico adicional a la montaña de horrores cometidos por la ultraderecha alemana, vivido por otra niña judía. Esta es la portada del libro publicado en España por la casa editora Sexto Piso con la traducción corriendo a cargo de Kepa Uharte:




La niña se llama Helga Weiss. Esta es la fotografía de la niña poco antes de ser detenida por los Nazis alemanes junto con toda su familia:




En la siguiente fotografía aparece Helga algo más joven, junto con sus papas Irena y Otto, así como con su abuela paterna Sophie:




La historia de Helga comienza cuando ella empieza a escribir e ilustrar su diario en 1938. A los ocho anos vive la invasión nazi de Praga recluida en su casa, ya que para ese entonces las escuelas no admitían judíos y a sus padres se les negó la posibilidad de poder trabajar y ganarse honestamente la vida. En 1941, envían a toda la familia de Helga al campo de concentración de Terezín, donde durante tres años la niña empezó a documentar en sus cuadernos la vida cotidiana, las duras condiciones y los buenos momentos, hasta que fueron transferidos a Auschwitz. Antes de subir al vagón, Helga le entregó a su tío las páginas de su diario, y éste las escondió entre los ladrillos de una pared.

De los quince mil niños que llegaron a Terezín y fueron enviados a Auschwitz, sólo cien sobrevivieron al Holocausto. Helga fue uno de ellos.

Conocida también como Helga Hošková-Weissová, tras contraer matrimonio con el músico Jiří Hošek, fue una de las pocas judías en volver con vida a Praga después de la guerra. En la década de los 50 estudió en la Academia de Artes, Arquitectura y Diseño de Praga, como alumna del famoso pintor y escultor cubista Emil Filla. En 1993, fue nombrada Doctora Honoris Causa por el Massachusetts College of Arts por su aportación a las artes gráficas. En la actualidad, Helga vive en Praga, en la misma casa donde nació hace 84 años. Cuando Helga regresó a Praga tras la derrota estrepitosa del Nazismo alemán y el cobarde suicidio del sátrapa que -cómodamente exhibiendo su calidad de vil cobarde y en contraposición con el sacrificio supremo hasta el martirio que le exigió a los soldados que integraron sus hordas-, Helga había cumplido quince años, y en la pobreza más absoluta continuó el relato de las experiencias sufridas desde que dejó de escribir.

El Diario de Helga, reconstruido a partir de los cuadernos originales y de las hojas sueltas en las que Helga escribió después de la guerra, editado y publicado por primera vez en Español a mediados del 2013, se incluye una entrevista a la autora así como de los dibujos que realizó en Terezín. El diario de Helga es uno de los testimonios más trepidantes que se han escrito durante el Holocausto, el cual muestra en toda su espeluznante crudeza a los lectores las barbaries acaecidas en un contexto reciente y en una sociedad supuestamente civilizada.

La denuncia de los hechos que aquí se exponen, desde luego, siempre causan la furia nacionalista de enajenados literatos revisionistas como Salvador Borrego Escalante y Joaquín Bochaca (quienquiera que este último personaje sea en la vida real) los cuales insisten en que sus ídolos máximos sean recordados como héroes valerosos que siempre estuvieron dispuestos a morir peleando en contra de los “moros con tranchete” que juraban ver en sus demenciales paranoias. Sin embargo, pegarse un balazo en la cabeza con tal de no enfrentarse a las acusaciones de unas niñas de cinco años de edad no es precisamente la máxima prueba de heroísmo. Nunca lo fué, ni hoy, ni nunca. En ocasión del fallecimiento del guardaespaldas personal de Hitler,Rochus Mish, el último testigo de la muerte de Hitler, acaecida el 5 de septiembre del 2013, cabe notar que aunque este irredento Nazi siempre se refirió a su patrón como “un gran tipo”, al final de cuentas no hizo absolutamente nada para tratar de quitarle a su patrón la pistola y la cápsula de cianuro con lo cual le hubiera salvado la vida; lo cual hace suponer que hasta el mismo guardaespaldas de Hitler prefería ver a su patrón más muerto que vivo con un certero balazo en la bóveda craneal que alojó a tan infernal cerebro; y posiblemente al tener ante sí el cadáver de uno de los hombres más abominables del siglo XX, Rochus Mish no pudo evitar el exhalar un suspiro de alivio al quedarse sin empleo diciendo “hasta que por fin, murió la rata, se terminó la pesadilla”, y todo ello sin tener que hacer él mismo el trabajo sucio, lo cual habrá tomado como una bendición.
Un lamento frecuentemente escuchado en la propaganda de la extrema derecha mundial es que los Nazis de Alemania pelearon solos luchando en contra de “la gran conspiración judía-masónica-comunista”.

Esto es otra de las falsedades de la enajenante propaganda ultraderechista, que no menciona que en muchos de los países que fueron invadidos por las huestes de Hitler los Nazis encontraron una amplia gama de colaboradores y traidores que se les sumaron a su lucha y que inclusive se unieron a los ejércitos del sátrapa austriaco (no nació en Alemania, nació en Austria, lo cual tomó de pretexto para invadir y anexar a su país natal a la Alemania que le dió acogida) para pelear por él.

Pero también México puso su granito de arena al enviarle a Hitler alucinados que creían que morir por Hitler era lo máximo a lo que podía aspirar cualquier hombre. La avanzada empezó con ciudadanos de origen alemán radicados en México que se fueron, tras lo cual se llevaron a otros tarugos consigo:

Mexicanos que pelearon por Hitler
Juan Alberto Cedillo
Reportaje especial
Agencia APRO
1 de mayo del 2013
En el preludio de la Segunda Guerra Mundial cientos de mexicanos de origen alemán abandonaron el país para pelear en el ejército de Adolfo Hitler. Tras la derrota nazi, decenas de ellos intentaron recuperar la nacionalidad mexicana que habían rechazado y regresaron al país legal o clandestinamente. Algunos contaron con la ayuda de Miguel Alemán Valdés. Ello consta en documentos del Archivo Histórico Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores y del Archivo General de la Nación.
Como canciller de Alemania, a partir de 1933, la incendiaria oratoria de Adolfo Hitler se trasmitía y repetía por todos los medios de la época: prensa, cine y principalmente radio. Sus llamados para defender la patria trascendían fronteras y tuvieron eco en México, al grado de que en el preludio de la Segunda Guerra Mundial cientos de mexicanos de origen alemán viajaron a Europa para sumarse a las filas del ejército hitleriano.
Algunos de ellos habían nacido en las fincas cafetaleras del Soconusco en Chiapas y apenas habían cumplido 18 años.
Al llegar a Alemania rechazaban la nacionalidad mexicana para enrolarse en algunas de las divisiones de la Wehrmacht, la maquinaria de guerra nazi. Pelearon en diversos frentes de la guerra en Europa. Algunos alcanzaron grados de oficiales. Muchos de esos mexicanos dejaron sus vidas en los combates contra el ejército soviético.
Los que sobrevivieron a la derrota nazi fueron recluidos en campos de concentración. Muchos intentaron recuperar la nacionalidad mexicana que habían rechazado y con ello tener la posibilidad de regresar al país. Decenas lo lograron. Realizaron los trámites en el consulado de México en Frankfurt. Antes tuvieron que demostrar que no habían militado en el Partido Nazi.
Otros regresaron ilegalmente, sin cumplir todos los trámites. Cientos más que no eran de origen mexicano también intentaron huir de Europa viniendo a México. Algunos lo lograron.
Hay indicios de que también criminales de guerra escaparon a México, Argentina, Brasil o Bolivia. Esa información se desprende del reporte de un agente de inteligencia estadunidense que operaba en Roma, quien advirtió a sus superiores en ese sentido; el documento está en el Archivo Nacional de Washington.
Sobre los mexicanos que lograron recuperar su nacionalidad existen dos tomos con al menos medio centenar de expedientes cada uno en el Archivo Histórico Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE).
Además en el Archivo General de la Nación (AGN) hay cartas, documentos, fotografías y pasaportes de mexicanos que estaban peleando en Europa. Mandaban misivas y fotos de sus campañas a sus familiares, la mayoría radicados en fincas cafetaleras de Veracruz y Chiapas, cartas que no llegaron a su destino pues fueron incautadas por el gobierno.
“Desnazificación”
Según los archivos de la SRE entre los oficiales que lograron regresar a México se encontraba Jurgen Petersen, nacido en Puebla en 1923. Abandonó el país y rechazó la nacionalidad mexicana a principios de los cuarenta. En octubre de 1942 alcanzó el grado de sargento de infantería en el ejército nazi. Al término de la guerra fue recluido en un centro de concentración y desde ahí comenzó los trámites para regresar a México.
Su expediente precisa: “La Dirección General de Asuntos Jurídicos determinó que a esta persona le corresponde la nacionalidad mexicana por nacimiento. Con fecha 24 de julio último esta Dirección ha solicitado al interesado un Certificado de Desnazificación debidamente legalizado que hasta la fecha no se ha podido producir”.
El Certificado de Desnazificación era el documento más importante para salir de los países ocupados por los Aliados en Europa. Incluso era más relevante que el pasaporte. Las autoridades militares eran las únicas que podían validarlo.
Petersen regresó a Puebla sin ese documento. Además, muchos de los oficiales que regresaron a México presentaron papeles expedidos por autoridades civiles alemanas que no certificaron los mandos militares británicos ni estadunidenses.
Otros que pudieron regresar a México fueron los hermanos Herbert Emil y Hellmuth Trampe. Nacieron en la finca cafetalera La Estrella, de Escuintla, Chiapas. En 1929 salieron de México y siguieron refrendando su pasaporte mexicano hasta 1940. A partir de ese año lo rechazaron y se sumaron al ejército del Tercer Reich.
Al término de la guerra Herbert Emil Trampe fue recluido en un campo de concentración en Francia. Solicitó su repatriación a México a través del consulado de Frankfurt.
Su expediente precisa: “Se trata de un joven de buena conducta, de buena reputación, a quien sorprendió la guerra en Alemania, donde se encontraba junto con su hermano, sólo con su madre, quien falleció y por lo mismo no estaba en edad de decidir lo que debiera hacer en esas circunstancias. Como casi todos los jóvenes de 16 años o más, fue enrolado en el ejército, a pesar de estar registrado como mexicano”.
Los hermanos Trampe sirvieron en el ejército de Hitler desde 1942. Regresaron a México a principio de los cincuenta.
Las peticiones de repatriación de oficiales llegaron hasta el despacho del presidente, quien turnó los expedientes a la SRE para que los mexicanos de origen alemán regresaran al país. Fueron los casos de Hans H. Koopemann y de Guillermo Hasselmann y su esposa, cuyo nombre el expediente no consigna.
La mayoría de esos trámites se realizaban en el consulado de México en Frankfurt, pero otros se promovieron en sedes diplomáticas en Praga, Bruselas o Madrid. De esos consulados llegaron decenas de peticiones de repatriación de presuntos “mexicanos” que desconocían lo más elemental de la República Mexicana. Incluso varios de ellos comenzaron los trámites y sin esperar respuesta se introdujeron ilegalmente al país.
Entre ellos está Herbert Fahmel. Sus trámites para regresar a México los realizó una empresa de la industria química llamada Pinturas Rapidol. El expediente del caso contiene una carta en la cual la empresa aclara que Fahmel estaba preso en un centro de reclusión en Bruselas. La empresa muestra copias de un cheque por 600 dólares a cargo del Chemical Bank Trust para cubrir los gastos del viaje.
La respuesta de la SRE a la petición de Pinturas Rapidol dice que “lamenta no poder, por ahora, acordar de conformidad la repatriación del señor Fahmel”. Agrega que éste salió del país en 1942 como ciudadano alemán, en canje por ciudadanos mexicanos.
Posteriormente el consulado mexicano en Frankfurt reportó que Fahmel ya se encontraba en México debido a que la Secretaría de Gobernación autorizó la documentación para que viajara como migrante.
Ruta de las Ratas
Nazis de la talla de Adolf Eichmann, Josef Mengele o Klaus Barbie lograron huir a Sudamérica gracias a una red de colaboradores que incluyó a miembros de la Cruz Roja Internacional y hasta a personajes del Vaticano, como el obispo austriaco Alois Hudal, quien los escondió en una red de monasterios conocidos como la Ruta de las Ratas. Según los documentos de los tribunales de Nuremberg, alrededor de 5 mil oficiales nazis de importancia lograron escapar por esa vía.
Esa organización tenía su contraparte en Latinoamérica. En México el servicio de inteligencia militar alemán, la Abwehr, mantenía intacta una parte de su centro de operaciones, el más grande e importante fuera de Europa.
Meses antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial, el almirante Wilhelm Franz Canaris, jefe de la Abwehr, ordenó que se abriera en México un puesto de avanzada con la misma capacidad con la que contaba la Organización de Guerra establecida en España, de acuerdo con documentos desclasificados por el gobierno de Estados Unidos.
La oficina fue dirigida por el mayor George Nicolaus junto con el teniente coronel Friedrich Karl von Schlebrugger, pariente del excanciller Franz von Papen, lo que dejaba ver la importancia que tenía la nueva sede de espionaje.
El principal objetivo de la Abwehr era vigilar desde la frontera norte de México los movimientos militares y realizar espionaje industrial sobre la maquinaria bélica de Estados Unidos, así como asegurar el suministro de petróleo mexicano para la fuerza aérea alemana (la Luftwaffe) y desplegar una red de inteligencia para toda Latinoamérica. Luego sumarían a sus actividades el sabotaje desde la frontera contra la industria e infraestructura estadunidenses.
México era relevante para el ejército nazi. Desde 1938 vendía a los alemanes 70% de su producción petrolera, pero a mediados de 1941 comenzó a cortarle el suministro por presión de Estados Unidos. A partir de entonces se inició la operación de una eficiente red de contrabando encabezada por el doctor Joachim A. Hertslet, quien mandaba el crudo a Alemania a través de Italia, Japón y la provincia marítima rusa de Primorsky, Siberia.
Para asegurar ese suministro también llegaron nazis del más alto nivel. Entre ellos Williams Rhodes Davis, empresario petrolero estadunidense, y Axel Wenner Gren, magnate sueco considerado en esa época uno de los hombres más ricos del mundo. Éste último administraba los fondos nazis desde bancos suizos.
También llegó al país la actriz alemana Hilda Kruger, quien se convirtió en amante del entonces secretario de Gobernación Miguel Alemán Valdés. Gracias a ella, el funcionario protegió la red de la Abwehr que operaba en México.
Por ello resultan creíbles las versiones de que algunos criminales de guerra nazis primero llegaron a México para después fugarse a Sudamérica.
También existen evidencias en los documentos desclasificados por Washington que señalan que los servicios de inteligencia estadunidense y británico trajeron a México a nazis para posteriormente llevarlos ilegalmente a Estados Unidos y ponerlos a su servicio.
Los altos mandos militares aliados decidieron usar a los agentes nazis debido a que sus prioridades en Europa habían cambiado. Para finales de los cuarenta ya no les preocupaba perseguir a los criminales y llevarlos a los Juicios de Nuremberg. Su nuevo objetivo era frenar la expansión de los soviéticos en Europa del Este. Los altos oficiales nazis habrían servido para ese propósito.

Esta es la única foto que se tiene de Friedrich Karl von Schlebrugger, al cual no le importó abandonar su patria adoptiva, México, porque en realidad él nunca quiso a México, jamás fue mexicano ni de nacimiento ni de espíritu:




¿Lo reconoce alguno de los lectores de Spectator?

Un misterio que aún está a la espera de ser explorado y ser resuelto al menos en parte es el papel que pudieron haber jugado los mexicanos que se fueron a pelear por Hitler y regresaron a México después de la estrepitosa derrota Nazi en la fundación de las sociedades secretas de ultraderecha que esencialmente persiguen hoy en México los mismos objetivos de Hitler pero recurriendo no a la lucha abierta sino a la infiltración, a la traición, a la perfidia, a los juramentos vitalicios secretos y todo lo demás que caracteriza a sociedades de enfermos sociópatas y psicópatas como la Organización Nacional del Yunque. Desafortunadamente, el único en México que podría haber sabido todos los detalles de las conexiones de la Alemania Nazi con las sociedades secretas de la ultraderecha mexicana, uno de los tipos más siniestros, intrigantes y conspiradores en los anales del continente americano, se volvió cadáver hace ya algunos años, llevándose consigo muchos de estos secretos a su tumba.
El principal argumento de los revisionistas-negacionistas admiradores de Hitler y del nazi-fascismo alemán como Joaquín Bochaca, Salvador Borrego Escalante y David Irving es que el Holocausto es una monstruosa fantasía que nunca ocurrió y que fue inventada por “malvados y rencorosos propagandistas judíos que controlan la prensa mundial”.

¿Realmente el Holocausto que llevaron a cabo los Nazis alemanes fue una fantasía?

Recientemente falleció un reportero gráfico que documentó las atrocidades cometidas en el campo de exterminio de Auschwitz, atrocidades en grado supremo ordenadas directamente por Adolfo Hitler e implementadas por los dementes carniceros que fueron reclutados y adiestrados personalmente por Himmler para tal trabajo. De acuerdo a las notas periodísticas publicadas el 24 de octubre del 2012, Wilhelm Brasse, un antiguo prisionero de Auschwitz cuyas fotografías dentro del campo de concentración nazi se convirtieron en una escalofriante crónica histórica de los horrores que se cometieron allí, murió a los 95 años. Brasse, quien falleció el martes 23 de octubre del 2012, fue enviado al campo después de ser capturado en 1940 cuando intentaba huir de la Polonia ocupada por los nazis para unirse al Ejército polaco en el exilio. Se le asignó trabajar en un comando encargado de llevar los cadáveres de las cámaras de gas a los hornos para ser incinerados. Cuando sus carceleros descubrieron que era un fotógrafo experimentado, le encargaron tomar fotografías de los prisioneros para los archivos internos de la prisión y registrar las visitas de altos cargos alemanes para la posteridad. También se le ordenó que hiciera fotografías de experimentos clínicos llevados a cabo por los médicos del campo con los prisioneros. “Trató de volver a la fotografía (después de la guerra) pero le resultó demasiado difícil”, dijo la historiadora del museo de Auschwitz Teresa Wontor–Cichy. “El hecho de haber tomado esas fotos le resultaba perturbador”, añadió.

Los nazis mataron a alrededor de 1.5 millones de personas, la mayoría de ellos judíos, en Auschwitz, situado cerca de la localidad polaca de Oswiecim. Las imágenes captadas por Brasse, uno de los pocos testimonios gráficos del campo de la muerte, fueron recuperadas de los archivos nazis al final de la Segunda Guerra Mundial y ahora son parte fundamental del museo. Durante los cinco años que pasó en el campo tomó unas 50 mil fotografías, de las que sobrevivieron casi 40 mil. Brasse, de origen polaco–austriaco, ayudó a establecer el museo de Auschwitz y pasó muchos años después de la guerra ayudando a educar a los jóvenes, especialmente a aquellos de Alemania, sobre el Holocausto. El fotógrafo fue enterrado en la ciudad de Zywiec, en el sur de Polonia. Este es Wilhelm Brasse:




La siguiente fotografía nos muestra a Wilhelm Brasse sosteniendo en sus manos una de las muchas fotografías que le dejaron profundas cicatrices psicológicas que nunca pudo sanar:




Es importante resaltar que Wilhelm Brasse no era un judío. De haberlo sido, él mismo habría terminado saliendo por la columna de la chimenea de Auschwitz en calidad de cenizas, y en estos los Nazis alemanes que salvo muy contadas excepciones se distinguieron por su crueldad y su saña inaudita ciertamente nunca se tentaron el corazón porque carecían de misericordia alguna incluso para consigo mismos.

Al irse acercando rápidamente las fuerzas aliadas para poner fin a la pesadilla Hitleriana tras la derrota contundente de Stalingrado, los verdugos-carniceros de las SS (a quienes el fascista de raigambre cristera Salvador Borrego Escalante les dedicó un libro para alabarlos y ponerlos como héroes) se dedicaron como locos a destruír todas las evidencias que los pudieran inculpar en uno de los más grandes crímenes cometido en la historia contemporánea. Destruyeron la gran mayoría de los hornos, destruyeron todo lo que pudieron de las instalaciones de exterminio así como sus instrumentos de tortura con los cuales le daban rienda suelta a su sadismo criminal, y hasta alcanzaron a desmantelar en su totalidad algunos campos de concentración. Hicieron lo que pudieron y destruyeron cuanto pudieron. Pero se les olvidó destruír los archivos gráficos que ellos mismos le habían encomendado a Wilhelm Brasse como también se les olvidó matar a Wilhelm Brasse para eliminar al principal testigo en contra de ellos. Y esta omisión les llegaría tiempo después con su factura a pagar.

El Holocausto nunca fue “una monstruosa fantasía que nunca ocurrió inventada por malvados propagandistas judíos que controlan la prensa mundial”. En todo caso, lo verdaderamente monstruoso es que los dementes (y ahora seniles) propagandistas de la ultraderecha mundial tales como Bochaca, Borrego, Irving, etc., es que ellos siempre estuvieron enterados y al tanto de las evidencias gráficas recopiladas por Wilhelm Brasse, y aún así decidieron ignorarlas o de plano negarlas, a sabiendas de que la inclusión de la historia de Wilhelm Brasse dentro de su propaganda barata les habría destruido una buena parte de sus argumentos extremistas. Bueno, siempre se supo que estos tipos nunca fueron neutrales, nacieron con alma de fascista, y todos ellos terminarán en el cementerio con alma de fascista, admirando y alabando a Hitler y al Nazismo. Seguramente la Providencia les concederá a todos ellos una de las cosas que tanto anhelan, seguramente terminarán al lado del mismo Hitler en dondequiera que este demonio se encuentre. Y seguramente estarán junto a él por el resto de la eternidad. ¿Qué mejor cosa se podría pedir para ellos que ésta?

Testimoniantes como Wilhelm Brasse no son lo único que irrita sobremanera a los revisionistas-negacionistas que hacen hasta lo imposible por tratar de mantener vivas las llamas lacerantes del abominable nazi-fascismo promoviendo la creación de sociedades secretas conspiratorias como la temible y poderosa Organización Nacional del Yunque en México. Hay muchos otros (lo cuales no son ni judíos, ni comunistas, ni masones, y que por lo tanto no cuadran dentro de las enfermizas doctrinas ultraderechistas de la gran conspiración judía masónica comunista), tales como Gitta Sereny. Esta es Gitta Sereny:




Esta periodista, impactada por la capacidad del hombre para realizar el mal, reaccionó, escribió y trabajó para desentrañar el misterio del hombre dominado por el mal, y de ella Tzvetan Todorov hizo un excelente resumen. Sereny nació en Viena en 1921, en una familia de artistas; estudió en Inglaterra y en 1938 se instaló en París, con el sueño de ser actriz. Al estallar la guerra, empezó a trabajar para una organización caritativa que se ocupó de los niños abandonados y de los fugitivos. Ahí tuvo la oportunidad de tomar contacto con las peores formas del mal. Su tesis es simple: para entender el mal hay que ver de cerca la historia personal del malhechor; él es su historia. Esto la llevó a contactar en 1970 a Franz Stangl, el antiguo responsable de Treblinka, el mayor campo alemán de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. Contrario a los mitos y fábulas propaladas tendenciosamente por la propaganda ultraderechista acerca de crímenes de guerra cometidos por las fuerzas aliadas y por las tropas soviéticas en contra de los “pobrecitos oficiales Nazis” que iban cayendo en sus manos, criminales en escala suprema como Franz Stangl, lejos de ser llevados a la horca o al campo de fusilamiento para pagar por sus crímenes, vivió cómodamente hasta sus últimos días muriendo de causas naturales sin que nadie le tocara jamás un solo pelo de su “aria” cabellera, y aunque vivió los últimos tres años de su vida en prisión (sin que le faltara absolutamente nada, ya fuese alimento, ropa, atención médica, medicinas, juegos de esparcimiento dentro del penal, visitas y entrevistas con la prensa, etc.) no pudo evitar que el destino lo reclamara llevándoselo con un infarto y liberando con ello a los contribuyentes alemanes de tener que cargar con costo del mantenimiento de este ejemplar de insania en su máxima expresión por varias décadas. Fallecida en junio de 2012 a los 91 años, Sereny fue una de las más importantes periodistas del siglo XX, autora de varios libros extraordinarios que tratan de desentrañar una pregunta fundamental y obsesiva: ¿de dónde nacen el odio, la violencia, el crimen? Si suponemos, como ella, que esos comportamientos son la encarnación del mal y que, por otra parte, no existen dos subespecies humanas, la de los monstruos y la de los normales, ¿cómo explicar que se cometan esos actos destructivos? Sereny pensaba que era posible comprender incluso los crímenes más atroces reconstruyendo la vida de su autor, sus relaciones y contactos con otras personas a su alrededor, las circunstancias en las que se había encontrado: su identidad no era más que su historia. Y quien desee impedir que se repitan los crímenes debe intentar comprenderlos”. Por su parte, Hanna Arendt (judía, por cierto), hablando de los asesinos nazis, decía, que más que ellos como personas, había sido el sistema quien les prestó la serenidad, la tranquilidad para cometer las acciones más atroces. Indiscutiblemente hay en esta tesis mucho de verdad. Yo mismo he planteado en mi trabajo diario la cuestión de tratar de entrar en la psicología de un sicario, por ejemplo: ¿Cómo comprender la mente, los mecanismos que se operan en quien, por unos cuantos pesos, y asumiéndolo como un “trabajo”, se dedica a matar a quien le indiquen? ¿Cómo comprender la saña de los asesinatos, mutilaciones, restos de carnicería abandonados en bolas de plástico, cabezas humanas dejadas en hieleras, etc., en fin, todo eso que es cotidiano entre nosotros? ¿Qué cambios, qué mutaciones se han operado para que un ser humano proceda de esa forma? ¿Cómo explicar que en personas así quepa todavía una cierta ternura hacia sus propios hijos?  Una de las obras célebres de Gitta Sereny nace a propósito de un evento raro entonces y en el lugar, de un evento que rompe las normas más elementales de lo que debería ser la naturaleza humana. Es el caso de Mary Bell, una niña de 11 años que en 1968, con ayuda de un cómplice, mata a dos niños de tres y cuatro años. El crimen conmociona a Inglaterra: ¿cómo es posible cometer un acto tan odioso? Sereny pone en práctica su método: interroga a todas las personas involucradas y reúne una información exhaustiva The Case of Mary Bell, 1972). Veinticinco años más tarde, cuando Mary ya haya salido de la cárcel y esté viviendo bajo una identidad nueva, volverá a entrevistar a la joven convertida en adulta para ahondar en el examen de unos actos y unas circunstancias aparentemente vulgares que transformaron a una niña en asesina. De ahí sale lo que hoy es una obra de referencia sobre la criminalidad infantil (Cries Unheard, 1998). Gitta, como Hanna Arendt y otros autores y autoras, llega a una muralla impenetrable; llega al reino de la oscuridad donde no existen, ya, ni la fe ni esperanza alguna y el amor ha sido aniquilado. Nuevos dioses sangrientos dominan la escena. Ella vivió, de alguna manera, la feroz dictadura nazi, habla del rapto de 200 mil niños, polacos principalmente, con rasgos arios que serían adoptados por familias alemanas. Pero, igual, pudo ver el infierno en la Rusia de Stalin, en la China de Mao, en las sangrientas dictaduras del Sureste Asiático, en los Balcanes, en África, en las primaveras árabes o en el crimen y pobreza de América Latina. Dictadores temibles y sombríos capos dominan la escena al lado de un quehacer político errático, reducido a la lucha por el poder y apegado rabiosamente al jugoso presupuesto. Así pues, hay una historia personal y siempre sugestiva y ha de existir una empatía que nos acerque a la mente del criminal. Tal vez lleguemos al terreno de la patología pura. Pero lo más desconcertante es, que la mayoría de las veces, nos encontramos con personas aparentemente normales que forman una familia y procrean hijos y que incluso llegan a quererlos, y que tienen una cierta forma de relacionarse socialmente. Véanse simplemente las fotografías que presentan los medios de los “presuntos” y, salvo excepciones, todo parece normal. ¿Qué sucede ahí, realmente? Bajo el género periodístico o de ensayo, Gitta hurgó en el complejo mundo de la psicología personal; mucho antes, Dostoievski buceó en ese abismo y nos dejó páginas imborrables. Pero la pregunta sigue en pie.

La locura lo único que puede engendrar es más locura, la demencia sociopática lo único que puede engendrar es más demencia sociopática, y la única salvación que pudiera haber en puerta salvo la guía moral que ofrecen algunas religiones sería la creación de individuos sanos en el seno de sociedades enfermas. ¿Pero puede una sociedad enferma crear individuos sanos? ¿Pueden los neo-Nazis, los neofascistas y los ultraderechistas de línea dura darle al mundo gente de provecho y de bien? Los adictos a la propaganda neo-Nazi de la ultraderecha fascista parecen no tener conciencia alguna de que con sus odios enfermizos pueden terminar arrastrando consigo a su propia progenie pudriéndola y echándole a perder su porvenir, como lo documentó la siguiente notaaparecida una semana después de haber fallecido Wilhelm Brasse, el cronista gráfico de Auschwitz:

Niño californiano confiesa que mató a su papá
Noticias.Terra.com
31 de octubre del 2012

Un niño californiano de 10 años a quien se le acusa de homicidio en un proceso por la muerte de su padre neo nazi dijo a los detectives en una entrevista grabada en video, que fue reproducida el miércoles en la corte, que él mató a su papá.

El video fue reproducido por la fiscalía en el caso contra el niño, ahora de 12 años, quien se le acusa de dispararle a Jeff Hall, un líder regional en el Movimiento Nacional Socialista.

Además, la hermana menor del niño testificó que su hermano planeó durante cuatro días matar a su padre, según The Press-Enterprise of Riverside.

La fiscalía afirmó que el niño hurtó una pistola del guardarropa de la habitación de sus padres y le disparó a Hall una vez en la oreja izquierda mientras dormía en un sofá.

The Associated Press no identifica a los niños porque son menores de edad.

El juicio se le sigue en una corte juvenil, y si un juez determina que mató a su padre, podría continuar en prisión hasta que cumpla 23 años de edad.

Mientras la entrevista en video era reproducida, el niño se movía inquietamente en su silla y hacía sonar las cadenas de sus tobillos mientras apoyaba la cabeza sobre una mesa. La corte tuvo que detener brevemente el video debido a que el niño se estaba quedando dormido, reportó el diario.

En el video, el niño está sentado tomado de la mano de su madrastra y dando respuestas vagas a los detectives.

En un intercambio verbal, la detective de la policía de Riverside Roberta Hopewell preguntó al menor un ejemplo de algo que podría ser malo.
 
"Le disparé a mi papá", dijo el niño, según el periódico.
 
El fiscal Michael Soccio dijo antes en el juicio que las creencias neo nazis de Hall no tenían nada que ver con el homicidio.
 
El niño mató a su padre porque sospechaba que Hall iba a dejar a su madrastra y él no quería que la familia se dividiera, señaló Soccio. Dijo además al juez que escucha el caso que el niño estaba enojado porque Hall le pegó, así como a sus hermanos y a su madrastra, quien lo ha criado desde que comenzaba a caminar.

El niño había sido expulsado de varias escuelas por comportamiento violento, incluido el apuñalamiento de un maestro con un lápiz en el primer día del curso de jardín de niños y posteriormente trato de estrangular a un maestro con el cable de un teléfono, agregó el fiscal.

La sociopatía de los ídolos y héroes de la extrema derecha contemporánea jamás es tocada ni analizada por los propagandistas de la derecha radical de corte neo-fascista, porque ellos jamás harán nada que pueda manchar la memoria de los criminales demenciales a quienes tanto veneran; ya decidieron lo que quieren creer y nadie los sacará de ese laberinto cerrado aunque se les presenten millones de pruebas documentales y evidencias para derrumbarles sus mitos y sus fantasías. Están encerrados en su propio sub-mundo, y la gran mayoría de ellos morirá con su fé puesta por entero en sus mitos y sus fábulas que alientan al odio y al crimen, sin darse cuenta de que a través de sus propios hijos, a través de su propia sangre, la locura no sólo es susceptible de perpetuarse sino inclusive de volteárseles en contra. La pregunta toral aquí en todo caso es: ¿podrá entrar una persona así al Cielo del que hablan los católicos, al Cielo de los cristianos? ¿Realmente se le pueden abrir las puertas de un reino celestial a tipos como Franz Stangl, Adolfo Hitler, Augusto Pinochet, Antonio Leaño Alvarez del Castillo, Carlos Cuesta Gallardo y otros como ellos? Esto es algo que deberían de meditar los continuadores de la obra de estos monstruos cuyas barbaridades quedaron debidamente documentadas por personajes como Wilhelm Brasse y Gitta Sereny.